La identidad es aquello que nos hace reconocibles ante los demás. Tu nombre, la fecha de tu cumpleaños, tu familia, tu nacionalidad, tu cuerpo, tu forma de ser, de pensar y de hablar, tus gustos y preferencias… y una larguísima lista en la que puedes y debes incorporar nuevos valores que te enriquezcan día a día, conforman un tesoro único que sólo tú posees en este mundo. A ese tesoro, exclusivo del ser humano, lo llamamos identidad.Una identidad que tenemos el deber de aceptar, valorar, respetar e ir fortaleciendo día a día. “la gracia no está en empeñarnos en ser lo que somos, sino en ser capaces, gracias a nuestros propios esfuerzos, y a los de los demás, de llegar a mejorar lo que somos”
El ser humano –por su condición de ser racional (que piensa) y libre- puede discernir, elegir, reconocer cuando se equivoca y modificar sus elecciones toda vez que lo desee. Por ello la identidad debe ser una construcción permanente.
Para lograrlo, tenemos que conocer nuestros sentimientos, reflexionar sobre nuestras actitudes, aceptar nuestros errores… tenemos que estar dispuestos a cambiar, dejar de lado los comportamientos rígidos, los caprichos, los egoísmos, los fanatismos y los prejuicios, así nuestra identidad se irá fortaleciendo y enriqueciendo un poquito cada día.




